Monday, June 16, 2008

Volver de La Realidad

El viernes pasado participé en una reunión de viajeros del mundo. La organizadora pidió que lleváramos fotografías de nuestros viajes. Jamás he sido afecto de capturar en imágenes testimonio alguno de los lugares que he recorrido: prefiero abandonarme a la eterna reinvención de la memoria: remitirme a las sensaciones que me dejó cada lugar y experiencia.
Sin embargo, participé con ésta carta (disfrazada de crónica), que emborroné hace tiempo y a la que le hice unos ajustes (y agregados) para acercarme más a las emociones que me produjo esa estancia en la selva de la "no guerra".

Volver de La Realidad


Vivo sin vivir en mí
y de tal manera espero...
San Juan de la Cruz


La Realidad (selva Lacandona), Chiapas / junio de 1999

—¿Caso tiene? —pregunta el hombre que sobresale del resto de la comunidad por su gran tamaño.
De su frente gotea el mecapal que sostiene un enorme tablón apenas equilibrado por su espalda. Tiene la mirada fija en los restos de lo que ayer todavía era un poste de luz, y tal es su asombro que parece no incomodarle la carga que lleva a cuestas.
A su lado se inclina un señor redondito y sonriente, apenas vestido con una camiseta azul profundo y pantalones cortos, a levantar los restos de la bombilla.
—Por qué los tiraron… —musita sin el menor asomo de molestia o sorpresa.

Es temprano, pero el calor ya sube, al mismo paso con que se desvanece la niebla del amanecer. Hay un momento de la mañana en que la humedad vuelve insoportable el aire, como si el peso del cielo pudiera sentirse en cada respiración; aunque todavía falta para eso, es más, ni rumor de los convoyes militares.
Se acerca un joven, también sonriente, mucho más pequeño que el hombre acuclillado. Con una sola frase despeja toda duda:
—El comandante Tacho nos ordenó tirarlos.
Valente Guevara, del Comité de Electricistas del SME, separa una caja de los cables que la unen al poste y la levanta a contraluz:
—Espero que no se hayan dañado los sensores... —dice entrecerrando los ojos por la intensidad del sol que, de momento, no hay nube que aligere su fuerza.
—La próxima vez que lo hagan —continúa Valente sin exaltarse—, cuiden de retirar las lámparas primero; son muy caras y no es fácil conseguirlas; el foco, como sea, se funde y se cambia, pero el transformador...
El joven asiente con un leve movimiento de cabeza y continúa su animosa marcha.

Ayer llegaron 7 trabajadores del Sindicato Mexicano de Electricistas (SME) para continuar con la instalación de una turbina en el río de La Realidad. Este proyecto comenzó por iniciativa de un grupo italiano de solidaridad con Chiapas. Algunos de sus integrantes llevan varios meses en el Campamento Civil por la Paz, de los que hay en varias comunidades zapatistas como Oventic, Morelia o San Juan del Río (a unos minutos de aquí). Los campamentos están conformados por españoles, alemanes, franceses, italianos, daneses, noruegos e incluso mexicanos. Las razones que traen a estas personas a las cañadas de la selva Lacandona son tan variadas como inabarcables: uno puede entrever en sus gestos y miradas una extraña mezcla de esperanza y depresión. No son muy comunicativos. Un aire de desconfianza y reserva domina el ambiente para quienes venimos de fuera y, como consecuencia, lo único natural es el silencio.


Ya me acostumbré a las “reglas” de la comunidad que, por advertencia de don Max (el encargado de recibir a los visitantes), faltar a una de ellas es motivo de expulsión inmediata. Siento como si apenas me las hubiera indicado: “No debe hacer preguntas a los pobladores ni tomar fotografías a menos que se lo autoricemos; no puede salir de la Casa Ejidal hacia otros lugares de la comunidad, con excepción de a la tienda o al río. Si algo le hace falta, avíseme. ¿Trae comida o dinero suficientes?”
Después de aguardar más de quince días, lo que más me sorprende es la energía de este hombre que parece jamás cansarse, así lleguen los visitantes de madrugada, como fue el caso de los electricistas: ahí viene don Max en su bicicleta desde quiénsabedónde y va de vuelta con paquetes, cartas y mensajes que solicitan respuesta inmediata.
—Y una cosa muy importante —advierte don Max mientras encamina a los visitantes hacia la llamada Casa Ejidal—, por ningún motivo, así se lo rueguen, le dé nada a los niños ni deje sus cosas a la vista. Ya hemos tenido problemas de que se han extraviado cámaras, grabadoras y hasta dinero. Les recomiendo que cuando se vayan a bañar, alguien se quede aquí. Traten de no dejar solo.
Y cuando habló en plural se refería al grupo de japoneses que llegaron poco antes y que aún continúan aquí, en espera de respuesta para una entrevista.
Don Max se despide como saludando y, al tiempo que cae la tarde, la luz de su bicicleta se pierde entre el follaje que precede a la montaña.


Volvieron las niñas
—Cómo te llamas —pregunta la que abraza latas vacías, seguida de otras tres que se disputan una lima.
—Mallku —responde el muchacho con un acento apenas perceptible.
—¡¿Marcos?! —repiten sorprendidas.
—No, Mallku... —prolongando la “l” y la “u” para que no quede duda alguna.
—Marcos, pues... —resumen en coro.

Así se siguen, hasta escucharse las aspas de un helicóptero.
Todas las mañanas sobrevuela el pueblito un negro helicóptero artillado tipo Hawk, que supuestamente el gobierno estadounidense otorgó al mexicano para combatir al narcotráfico; pero está vez se detiene más de lo acostumbrado.
—¡Coño, va a descender...! —exclama Pedro Rosado, cineasta español y periodista de la CNN, al tiempo que se monta una cámara al hombro.
Las maniobras de la nave son para despistar la atención de lo que en verdad sucede: tanquetas y camiones militares (30 en total) se detienen justo detrás del Aguascalientes zapatista.
Alguien nos avisa y pide que lleguemos de inmediato, para que los soldados noten que hay personas de otros lugares: testigos que pueden dar fe de un ilícito.
Salimos corriendo y, con el calor del mediodía, de inmediato sudamos a mares.
Llegamos jadeando a donde están aparcados los militares y un cinturón humano de mujeres y hombres embozados, la mayoría con paliacates y uno que otro con pasamontañas, ya custodian el Aguascalientes.
Con este clima, el sólo verlos produce una sensación de asfixia.
Los “campamentistas”, como se les dice aquí en corto a los Observadores Internacionales, preguntan a los soldados por qué se han detenido, y les recuerdan que no pueden hacer paradas en terreno ejidal: “Eso viola la Ley para el Diálogo, la Conciliación y la Paz Digna en Chiapas...”; pero sus comentarios no reciben siquiera una mirada por respuesta. Con la vista fija en el horizonte los soldados fingen no ver ni oír nada. Los japoneses realizan diversas tomas fotográficas y de video de la caravana verde olivo; los españoles logran ponerle un micrófono enfrente al soldado que encabeza el patrullaje:
—Avería —es la única respuesta.
A lo lejos, en la curva del camino, se distingue a una grúa improvisando “maniobras de rescate” a un carro aparentemente descompuesto. Cada convoy transporta entre 7 y 9 soldados, de los cuales dos o más toman fotografías (o video) a la comunidad, a sus habitantes e incluso a nosotros. Se alejan con lentitud pasmosa.
Una vez ocurrido el incidente, nos percatamos de que el cinturón humano ha desaparecido, así como el helicóptero y los habitantes del pueblo, al igual que la niebla del amanecer: de improviso.
Con las camisas escurriendo sudor, juraríamos que todo ha sido una alucinación colectiva, producto del bochorno selvático; pero las huellas de tanquetas y camiones militares sobre el camino de terracería quedan como algo más que un simple testimonio.

Más tarde nos organizamos para la comida. Los españoles traen frutas y alimentos frescos pero, aunque hemos consumido enlatados las últimas dos semanas (los japoneses y un servidor), no tenemos hambre. El calor, los insectos y este ambiente de incertidumbre no dan cabida a otra sensación que no sea la zozobra. Durante días no he podido pasar de la misma página de este libro y las pocas anotaciones que hago en la libreta termino emborronándolas al siguiente día. Entonces salgo a las banquitas que están a la sombra y el escenario es siempre el mismo: mujeres lavando su ropa en un recodo del río, niños que van y vienen persiguiendo “chuchos” o que se acercan por una galleta; un cielo azul celeste limpísimo que comienza a llenarse de nubarrones conforme se aproxima la tarde y, cuando menos se espera, ya cae un diluvio que no cesa hasta la madrugada.
Y así, apenas iluminados por una que otra veladora sobre la que oscilan nubes de insectos, tratamos de recuperar nuestros sueños.
A veces, suspendidos en nuestras hamacas, comenzamos a hablar de cualquier cosa y salen a relucir en voz alta ideas y planes que nos urge realizar una vez que hayamos partido de estas cañadas.
Intercambiamos chistes y nos entendemos más a señas que con palabras. Supongo que empezamos a comprender esto de vivir en La Realidad.


Semana tercera (tiempo descompuesto)
En el momento en que se fueron los electricistas llegó el comandante Tacho por los japoneses. Uno de ellos se estaba bañando y fui a buscarlo al río mientras el otro preparaba cámaras, baterías, cintas de audio y video.
Cuando le avisé a Mallku que, por fin, ya era hora, salió del agua de un brinco; ni siquiera se puso las botas: salió disparado en pos de la tan esperada entrevista.
Ya habían perdido toda esperanza pues éste era su último día en la comunidad y no tardaba en llegar el chofer que los llevaría de vuelta a Las Margaritas.
Regresaron hasta casi entrada la noche, felices de contentos, tanto, que se olvidaron de levantar lo que habían dejado en la Casa Ejidal. Casi todo era comida; metí las cosas en bolsas y se las entregué a don Max. (Lo mismo pienso hacer cuando salga: dejarle hamaca, bolsa para dormir, cámara y grabadora...)
El centro de atención de la comunidad eran los japoneses. Los niños venían a cada rato a jugar o a platicar con ellos. Norihide, que no hablaba ni papa de español cuando llegó, terminó por entenderles mejor que nadie; incluso aprendió algunas frases en tojolabal.
Mallku (cuyo verdadero nombre es Ota) vivió un tiempo en la Ciudad de México, por eso su español es “muy chilango” (al menos le entendía muy bien a los albures); en su largo tiempo de “espera”, trabajaba en una traducción al japonés de comunicados del EZLN. Dejó unos libros artesanales, preciosos, para la biblioteca del Aguascalientes.

Ahora todo ocurre más despacio.

Días después pasó lo mismo con los españoles: les dieron la entrevista la misma tarde que tenían planeado regresarse. ¿Estrategia para mantener el mayor tiempo posible a los periodistas en la comunidad? A saber, como dicen por acá..., lo cierto es que todo lleva otro tiempo en estas tierras, y relojes y calendarios parecen descompuestos porque nunca encajan con lo que uno espera o se propone. El único reloj permanente es el de la “no guerra”.


De fiesta
Una tarde comenzaron a llegar grupos de personas de comunidades cercanas. Supongo que pasaron la noche en las cabañas del Aguascalientes. A la mañana siguiente se reunieron en la cabaña azulada que hace de Iglesia y cuyo altar ostenta a una Guadalupana, eso sí, con el rostro cubierto por un pasamontañas. De no ser porque se encontraban en misa, hubiera jurado que la tierra se abrió para emitir sus dolores más antiguos, pero matizados por un aire angelical y animoso, como si fuera posible mezclar la dicha y la desgracia en un sólo tono musical. Gracias a sus plegarias descubrí la alegría de estar triste.
Un par de horas después se reunieron en círculo y comenzaron a cuestionarse asuntos cotidianos: cómo resolver la falta de comida, la invasión de tierras por parte del Ejército y la poca producción de café..., entre otros problemas. Mientras tanto, don Max nos pidió a los que estábamos en la Casa Ejidal que lo ayudáramos a levantar las bancas y a remover los sacos de cemento que ahí se guardaban:
—Es que va a haber fiesta...
En cuanto sacamos nuestras cosas, de inmediato entraron un grupo de jóvenes que, entre risas y aspavientos, comenzaron a “armar” una marimba enorme y de gruesos maderos. Instalaron focos y acomodaron sillas pegadas hacia los muros más largos. Apenas atardeció, aparecieron las muchachas en pequeños grupos con sus vestidos de colores intensos y moños colorados. Tomaron asiento y esperaron casi en silencio a que llegaran los muchachos, en grupos más numerosos. De un lado estaban las mujeres y del otro los hombres. Todos cuchicheaban y se lanzaban miradas para luego platicar entre risas, pero sin atreverse a cruzar al otro lado. El ir y venir de miradas tímidas o risueñas parecía contar algo más profundo: el silencio en que han debido permanecer estos pueblos durante siglos pero, aún así, en algo tan simple y cotidiano como el sentirse atraído por alguien más, es notable su forma de resistencia que ha aprendido a “decir callando”. En cuanto comenzaron los primeros acordes, todos se lanzaron al centro con la plena seguridad de quién era su pareja: sin tropiezos ni titubeos. Las canciones se prolongaron durante horas: varias se repitieron sin que nadie mostrara la menor fatiga o disgusto por ello. Mientras tanto, quienes aguardábamos a que terminará el huateque, dormitábamos en las bancas externas de la Casa Ejidal, de la que parecía brotar una luminosa felicidad de entre los pies en movimiento.


Obras incompletas
Hubo un encuentro del Frente Zapatista en el Aguascalientes y, aunque vi algunos rostros conocidos, no me sentí con ánimo para escuchar esas interminables discusiones que no llevan nunca a nada concreto y que, como las brisas de tierra, “sólo dejan a cambio polvo y atroz confusión”.

Lo único que permanece sin cambio es mi anclaje en este libro (Cuadernos en octava. Obras incompletas de Franz Kafka) y la libreta desborda garabatos, tachones y demás balbuceos. Así que durante estos mares de silencio lo único que hago es pensar y pensar hasta que ya no pienso ni recuerdo nada: sólo me dejo llevar por la somnolencia y el zumbido que emiten los insectos. Y no es sueño lo que llega, sino una especie de fiebre que arrebata la conciencia.

Una tarde nublada se aparece el comandante y me avisa que ya se resolvió todo, que ya investigaron: no hay dudas y, por lo tanto, terminó mi arresto. Me puedo ir de la comunidad cuando quiera.

De madrugada emprendo el regreso y parece que todas las cosas se han puesto de acuerdo para que así sea: se acabó la tinta, el papel, las veladoras, comida, baterías para el ‘focador’, las monedas son exactas para el camión de redilas... Entonces, ¿por qué sigo como esperando algo?

Monday, May 12, 2008

La vida en la Tierra dentro de 50 años. Parte 3.


www.Tu.tv

Tuesday, April 29, 2008

Inquietantes llamadas




É Campeão!
Cargado originalmente por Marcela P.
—Tus inquietudes me inquietan— dijo Melissa antes de colgar aquella madrugada. Llevaba hablando con Él toda la noche y gran parte de la madrugada.

Todo comenzó tres meses atrás. Él era un chico muy normal. Quería tocar el clarinete en la orquesta de la Universidad. Jugaba bien al ajedrez. Y le interesaba un poco el estudio de la literatura comparada. Todo eso estaba bien para un chico de 19 años, que no había tenido nunca novia, debido a que era en esencia el matado de su generación. Un muchacho tímido, con una plática demasiado culterana para el gusto de sus compañeras colegialas.

Una tarde, mientras hojeaba con desgano una revista para caballeros, encontró el anuncio de uno de esos números de prostitutas, como solía llamarlos las amigas de su hermana. Sin saber porqué comenzó a fatigarse, inquietarse y excitarte. Aquella tarde perdió las dos partidas que disputó en el club de la universidad, ante un joven no muy diestro. Sus amigos no comprendían cómo era posible que aquello hubiera ocurrido. Él simplemente se concretó a comentar que estaba preocupado por los exámenes finales de la siguiente semana y se fue para su casa con una idea en mente...

Al llegar a casa tuvo que esperar que todos se quedarán dormidos, en especial la latosa de su hermana, un año más chica que Él. Como a las cuatro de la madrugada —después de mucho meditarlo— decidió llamar a la línea, impulsado por una fuerza animal desconocida por Él mismo. Mientras marcaba experimentó la erección más grande de su corta vida. La línea tintineaba. Al fin, un anuncio pregrabado sonó: gracias por llamar al número de fantasías telefónicas. Este es un servicio para adultos. El costo por minuto es de 57.45 pesos que recibirás en tu recibo telefónico como pláticas en vivo. Si cuelgas ahora no habrá cargo; pero tampoco diversión...

El chico colgó de inmediato. No había necesidad de seguir escuchando. Simplemente, con la voz de la grabación había explotado su sobre excitación mojando sus sábanas.

A la mañana siguiente, sábado, su hermana lo invitó a una fiesta. Ahí conoció a Melissa, una chica que estaba a punto de terminar el colegio, y quería irse a vivir en Canadá con su padre y su madrastra canadiense, porque decía no poder aguantar más a la naca de su madre, quien se la pasaba todo el día viendo telenovelas.

Melissa era una chica delgada. Un poco adusta y con cara de pocos amigos. Él se sintió atraído por ella, pero como era de esperarse no le dirigió más que un saludo cortante y frío. Su hermana vino molestándolo todo el camino de regreso.

—¡¡¡Ah, con que sí!! ¿Te gustó la Melissa, verdad?—.
—¡No molestes! Ni siquiera sé quién de todas tus amigas es la tal Melissa.
—Hazte buey si quieres, pero yo me di tinta de que esa vieja te gustó. No más una cosa te digo: ¡ten cuidado de esa pinche vieja! Dicen que es bien piruja. A mí no me consta, pero no me gustaría que por tu culpa todas mis demás amigas me agarren de coto.

Por la noche: más necesitado de sensualidad que nunca, volvió a marcar a la línea erótica. Esta vez sí esperó para que una de las prostitutas lo complaciera. Al oírla gemir, Él se corrió pensando en la tal Melissa que acaba de conocer. Su placer fue inaudito.

Dos semanas después, tras los exámenes finales del curso, Él volvió a ver a Melissa en el estacionamiento de la Universidad. Lucía hermosa y sensual. Llevaba una minifalda que dejaba poco a la imaginación. Él no supo que hacer. Esperó a que ella lo reconociera para alzar el brazo en signo de saludo. Ella al verlo tan timorato, decidió jugarle una broma, y acercándose muy coqueta le dijo en voz casi imperceptible: "si quieres te la mamo en el carro". Él se no sabía si aquello era real o tan sólo producto de su efervescente imaginación. Ella, al ver que Él seguía paralizado, lo conminó a subir a su carro. Él subió, su corazón latía a mil por hora.

Ya en el auto ella comenzó a reírse. Él no supo que hacer y trató de bajarse avergonzado.
—No seas payaso, espérate. Si vas para tu casa, te llevo. Al fin, que me queda de paso—. Musitó entre risas Melissa.
Él no contestó. Por lo que ella dio por hecho que aceptaba su propuesta. Durante el camino, sólo se oía la música de Queen que ella traía en un radiocassette. Ella volteaba para ver si sus ojos se entrecruzaban con los del Él, pero eso no sucedió. Él estaba abstraído. Su imaginación corría a miles de kilómetros por hora: cómo me gustaría que fueras tú, la "prostituta" al que la otra noche llame. La que me quita todo el semen, sólo con oírte gemir. Me encantaría que fueras tú, caboncita, la que me pone por las noches a mil cuando marco el 1 900 de la pasión.

—Ya llegamos. ¡Gracias por la charla tan amena!— dijo ella en el tono más sarcástico del que fue capaz. Cuando el chico bajó del carro, éste se arrancó intempestivamente. Él se sentía un estúpido eunuco, impotente. ¿Por qué no le había dirigido una sola palabra? ¡Qué zonzo!
Caminó a su casa. Entró en su cuarto, decidido a marcar a la línea de sus deleites, pero esta vez no pudo. La imagen de Melissa era muy poderosa. Él hubiera querido amarle en el auto. ¿Por qué? No lo sabía. Quizá sólo fuera uno de esos caprichos de los que estamos hechos todos los seres humanos.

Un mes después el teléfono sonó. No había nadie más en la casa, así que contestó al llamado. Al oír la voz tan sensual, no lo podía creer: ¡¡¡era Melissa!!!
—Tus inquietudes me inquietan— dijo, y enseguida colgó.
En ese momento, todo perdió sentido para Él. ¿Cómo había conseguido su número? ¿No se habría equivocado? ¿Era a Él, con quien ella realmente quería hablar? ¿No se habría confundido de número, y queriendo marcar el de su novio, marcara el suyo? Pronto su mente comenzó a descartar todas estas posibilidades. Esa misma noche marcó el 1 900 que para estas alturas ya se había convertido en una obsesión, más que un simple divertimento. No le importaba siquiera que su madre y su hermana se alarmaran al ver lo abultado del recibo telefónico. Había perdido la vergüenza y un poco la cordura. ¿Estaba enamorado? No. Sólo muy caliente por la tal Melissa.

Tras algunos intentos, la línea por fin entró y pidió hablar con Melissa. Un segundo después ella le contestaba. La conversación fue abrupta y agresiva. Él, mientras se corría, lo único que alcanzó a decir fue: "yo, a ti, te conozco bien".


Dos meses después, enclaustrado en el hospital psiquiátrico donde lo había recluido su madre, alegando que se había vuelto un hombre abstraído de la realidad, al que sólo le interesaba masturbarse y llamar a la maldita línea de prostitutas. Él comenzó a vislumbrar algo que hasta entonces se le había pasado por alto: "¿y sí, aquella vez que contesté Melissa quería hablar con mi hermana?". El mundo cambió por completo para Él durante su estadía en el nosocomio. Comenzó a comprender muchas cosas.

Los doctores se vieron en la necesidad de darlo de alta, pues además de mostrar una conducta perfectamente normal para un chico de su edad, había escasez de habitaciones. De regreso a casa quiso llamar a su línea favorita de pláticas calientes. Pronto descubrió que su madre había cancelado el servicio. Se sintió molesto consigo mismo. ¿Hasta dónde lo había llevado su calentura por la tal Melissa? Una chica que seguramente no tenía ningún interés en Él. Fue entonces cuando decidió terminar con este asunto de una buena vez.

Pasadas unas semanas —guiado por una intensa curiosidad— entró en el cuarto de su hermana y descubrió unas cartas que Melissa le había escrito. Apasionadas cartas, en donde se mencionaba repetidamente la frase líneas de prostitutas. Además de otras palabras como: lesbianas, pasión y hermano estúpido. Ahora resultaba todo lógico. Tomó las cartas y se dispuso a confrontar a su hermana. ¡Ya vería que tan estúpido podía llegar a ser por calentura!

La chica llegó de la escuela sin sospechar lo que le esperaba. Él estaba en la entrada de su cuarto con las cartas en la mano. Ella al verlo tan furioso de inmediato comprendió que había sido descubierta; que todo se había al fin develado. Busco palabras que nunca llegaron a decirse. Él la tomó ahí mismo, en medio del pasillo, con furia. La hizo suya, una y otra vez. Mientras ella se dejaba hacer. Su cuerpo laxo no mostraba ninguna resistencia. Sus tanga empapada pronto cedió a los embates del hermano estúpido. Él terminó tres veces. Ella gimió delicioso con el último espasmo de Él; y tras un sensual y pronunciado gemido le dijo al oído: de ahora en adelante puedes llamarme por teléfono...llamarme Melissa.

Monday, March 31, 2008

"negro" pasado

Entre los varios oficios que he ejercido (algunos por gusto, otros por morbo y los más por necesidá), está el de "negro". Para los que no estén acostumbrados a la jerga librera o letrosa, un "negro" es aquel que se ofrece como "escritor fantasma" (por lo regular esto ocurre cuando uno es joven y tiene una gana imperiosa por aprender el oficio y está dispuesto a hacer lo que sea con tal de lograrlo) al ser asistente de alguna connotada (o no tanto) autoridad en el tema. Y lo que empieza como un juego (la verdad es bastante divertido ver los textos de uno publicados en periódicos, revistas o incluso libros bajo el nombre de otros), termina por volverse frustrante, pues quién es uno para opinar sobre tal o cual tema, si "a ti ni quien te conozca. O a ver, ¿dónde están tus publicaciones?"
Buscando los cuentos de un amigo que me ofrecí a editar desde hace varios años (y que siempre se pospuso por eternos imprevistos), me encontré con un disquete que contenía algunos artículos de hace más de 10 años.
Escribí este prólogo para un libro de testimonios sobre la invasión de Estados Unidos a Panamá. El acuerdo era que yo recibiría el pago por el mismo (ajá) y un ejemplar del libro (del que hasta la fecha no conozco ni la portada). Por lo que sea: lo muestro como lo escribí (creo que tuvo posteriores modificaciones de mi negrero) y me vale madres si algún ocioso encuentra el libro en cuestión y se arma un pedo -aunque lo más seguro es que pase como hasta el momento: totalmente desapercibido- por el múltiple engaño: el que hizo mi empleador a su público y al editor, el que hicimos mi negrero y yo al proceder de esa forma durante dos años, y el que me hice a mí mismo pensando, ingenuamente, que confundía a los demás, cuando sólo me traicionaba a mí mismo al suplantar otra identidad.


La historia fragmentada

La ciudad se llenaba de guerreros apiñados.
No se habían atrevido a esperarse unos a otros fuera de la ciudad durante mucho tiempo y reconocer quien había huido o muerto en el curso de la batalla.

La Iliada. Homero

En la ciudad de Panamá, al final de un malecón junto al Océano Pacífico, hay una estatua del cura guerrillero mexicano José María Morelos. En esta estatua de verde bronce, Morelos adopta una pose bonapartista (con la mano a la altura del estómago), como si fuese conciente de lo que Napoleón Bonaparte dijo de él: “Dadme quince Morelos y conquistaré el mundo”.
Carlos Fuentes, nacido en Panamá, afirma que al preguntarle a los panameños de quién era la estatua, le respondían que se trataba (tal vez por la pañoleta en la cabeza) del pirata inglés Henry Morgan.
Cuentan que cuando el pirata Morgan asoló por primera vez estas tierras, lo hizo apenas con un puñado de hombres. El gobernador de aquel entonces quedó tan sorprendido que le pidió un arcabuz como recuerdo de la hazaña. El bucanero, inglés al fin y al cabo, accedió a la petición y antes de entregarle el arma le advirtió: “Volveré por él en un año”. Dos años después, en 1671, entró a la ciudad con dos mil hombres armados hasta los dientes, destruyeron e incendiaron cuanto vieron a su paso. La ciudad quedó reducida a cenizas, por lo que tuvieron que reconstruirla en otro sitio, el que ocupa actualmente. Antes de que se fuera con sus embarcaciones repletas de oro y joyas preciosas, Morgan, inglés al fin y al cabo, mandó pedir disculpas al gobernador por la demora de su visita. Ahí no acaba (ni empieza) la historia de esta “delgada cintura del sufrimiento”, como Pablo Neruda nombró al istmo Centroamericano.
“Del cielo, del infinito, salía una luz, una lengua de fuego que caía sobre las casas y las incendiaba... había sido el avión invisible que describían nuestros hijos y no les creíamos...”
“Mamá, eso es guerra.”
“Pensamos en falsa alarma, como siempre. Siendo ya 20, ¿quién podía esperar tamaña sorpresa?”
“Nos dimos cuenta que no lo era por los bombardeos y por el incendio...”
“A nosotros nadie nos avisó”.
“Era la invasión y no sabíamos qué hacer...”

La noche del 19 de diciembre de 1989 comenzaba una invasión más de los Estados Unidos a la ciudad de Panamá. En pleno bombardeo, eran leídos ultimátums en un español centroamericano desde los altavoces de los helicópteros: “Atención, atención, atención... ¿porqué ustedes siguen resistiendo lo inevitable? Su resistencia es inútil... sus vidas están siendo sacrificadas por un dictador corrupto... que ha arrastrado a éste país a una guerra inútil. Estados Unidos no tiene nada en contra de ustedes o de su gente. Ustedes y sus compatriotas están siendo usados como peones en un plan personal... para mantenerse en el poder. Suelten sus armas y únanse a nosotros para luchar por la libertad... ayúdennos a ayudarlos... a ganar su libertad y democracia...”
“Preferíamos que nos tiraran el edificio abajo antes de bajar...”
“Sí no se rinden, nos veremos obligados a destruir la ciudad y a masacrar a toda la población civil...”

Before you're dead, Visit Panama.
Cole Porter.

La historia de Panamá, como la del resto de América Latina, está llena de agravios, desgracias y heridas que nunca parecen cerrarse. Tal vez por eso el historiador uruguayo Eduardo Galeano tituló así a Las venas abiertas de América Latina.
El dolor, la sangre, el llanto, la impotencia, los gritos, la indignación y (a pesar de todo) la esperanza, son los testimonios de esta historia.
Dice un refrán popular que “la historia la escriben los vencedores, no los vencidos”. Y contra esa máxima de la historia oficial, además de la realidad que nos agobia, hay algo que todavía no puede censurarse: la memoria colectiva.
Nadie tiene más derecho de hablar sobre la historia que quienes la han padecido: las voces de los supervivientes a la catástrofe; los testimonios son más precisos que cualquier crónica periodística por la simple y sencilla razón de que son experiencia vivida.
Ahora, con los adelantos tecnológicos, se pueden transmitir “en tiempo real” los acontecimientos de cualquier parte del mundo en el mismo momento en que suceden. Aquello de “una imagen dice más que mil palabras” se hace realidad a la velocidad del video. Las fotografías también son instantes congelados del tiempo que también narran anécdotas. A pesar de la rapidez con que puede seguirse un evento, estos medios también pueden ser utilizados para distorsionar el contexto de los acontecimientos en beneficio de unos cuantos. Así ocurrió con la invasión a Panamá: lo que en cualquier parte del mundo es una masacre y una violación a la soberanía, con la “contextualización” de los medios, se convirtió en una “causa justa”. La campaña fue tan agresiva que incluso en Panamá, después de la invasión, mucha gente salió a la calle a recibir a las fuerzas estadounidenses con mantas y pancartas: “Gracias por salvarnos”. En el Miami Herald, y en la mayoría de los medios periodísticos de Estados Unidos, destacó la ceremonia luctuosa (con todos los honores) a los “marines que murieron por la patria”. En cambio, los panameños nunca supieron dónde quedaron sus familiares: los cuerpos fueron puestos en bolsas de plástico y arrojados al mar desde helicópteros estadounidenses con “cargas de profundidad” o enterrados en fosas comunes que, hasta la fecha, se desconoce dónde quedaron. Además, los pobladores afirman que se emplearon “armas químicas”, porque cuando levantaron los cadáveres, la piel de los muertos “parecía de gelatina”. Se calcula que hubo entre siete y ocho mil muertos:
“Nadie estaba por recoger a nadie.”
“El sepulturero, al que los gringos le pagaban seis dólares por cada cuerpo que recogiera en el Cuartel Central, le dieron mil doscientos dólares... ¿a cuánto sale?”
“En estos barrios las personas se conocen más por el apodo que por sus nombres y así se les registró; por ejemplo: Platero y su mujer”.
En la “causa justa” (como la llamó el expresidente George Bush), participaron cerca de 40,000 efectivos militares por parte de Estados Unidos, sin contar a los mercenarios y a los “efectivos militares” de Honduras y el Salvador. Hay testigos que confirman la participación de mexicanos. Los panameños contaban apenas con cuatro mil personas dentro de sus fuerzas que, días antes de la invasión, fueron desarmadas por el intento de golpe de Estado en octubre del mismo año. Las armas con las que intentaron defenderse eran convencionales y no se comparaban con la parafernalia de tanques, helicópteros y bombarderos estadounidenses.
En las primeras 12 horas de la invasión fueron lanzadas 417 bombas de alto poder (5 de 500 libras); cada una produjo oscilaciones de 1.7 en la escala de Richter.
Sería en vano pretender hace un resumen o una narración de cuanto aquí se dice. La historia es de quien la vive y no de quienes pretenden imponerla, y las voces aquí recopiladas hablan mejor que nadie: por sí mismas. Aquí se cuenta lo que pasó como si estuviera ocurriendo en estos mismos instantes. Y esto es así por que el pasado está vivo, como lo afirma el ensayista uruguayo Eduardo Galeano: “El divorcio del pasado y el presente es tan jodido como el divorcio del alma y el cuerpo, la conciencia y el acto, la razón y el corazón”.
En 1964 veintitrés muchachos fueron acribillados cuando intentaban izar la bandera de Panamá en suelo panameño. El comandante de las fuerzas estadounidenses de ocupación declaró con orgullo: “Y sólo se usaron balas para cazar patos”.
Hoy los niños panameños ponen banderitas en el suelo mientras corean: “¡La patria no se vende, la patria se defiende!”
Si en el tiempo de Vasco Núñez de Balboa se “aherrojaba y despojaba en nombre de Dios”, ahora se hace en nombre de la “democracia, la libertad y la modernidad”.
En un video realizado por TV UNAM sobre la invasión de Estados Unidos a Panamá, una señora muy humilde se pregunta (¿o nos pregunta?): “¿Justicia para quién, democracia para quién? ¿Para los que están en la fosa común o para los que están en el gobierno actual? ¿Para los que pasamos hambre y miseria o para quienes lo tienen todo?”
En el mismo video, otra mujer se acerca a los militares estadounidenses:
—Y quiero decirles que a ustedes los han mal informado, porque la vida de ningún ciudadano panameño ni norteamericano están cuidando aquí, porque así como hicieron ese ejercicio de “evacuación...”
—¿Quién quiere hablar? –la interrumpe un soldado con aire despótico.
—Yo quiero hablar –contesta la señora, sin permitir que le vuelvan a arrebatar la palabra–. Porque tengo las dos nacionalidades y quiero decirle que es una falacia... –al tiempo que le enseña sus credenciales.
—Usted puede hablar con otra gente, nosotros... –con gesto despectivo–, nosotros no estamos dispuestos a responderle nada...
—¡Pero lo que yo quiero...!
El soldado le da la espalda y alguien la sujeta del hombro antes que ocurra algo peor. Sin embargo, la señora alcanza al militar y lo encara furiosa:
—¡Yo lo que quiero es que en la televisión de “mi país” vean, que vean que esto es mentira, que no están protegiendo la vida de ningún ciudadano aquí. Esto es un hospital y no es de ustedes, así que están violando los tratados Torrijos-Carter aunque digan que no!

La frase de que “quién olvida su pasado está condenado a repetirlo” no es sólo una advertencia, sino la constante que se repite al igual que una condena.
Los motivos de la invasión (para variar) fueron económicos.

Todo por el canal
En el siglo XVI Felipe II prohibió cualquier intento de construir el Canal bajo pena de muerte: “El hombre no debe separar lo que Dios unió”.
En 1848, cuando se descubrió oro en California, el istmo volvió a adquirir la importancia comercial que tuvo en la época colonial. Las empresas estadounidenses, debido a los problemas que representaba el transporte terrestre, construyeron el ferrocarril transístmico que arrancó hasta 1855. En ese mismo año el istmo quedó erigido como Estado Federal con amplia autonomía local.
Al crearse los Estados Unidos de Colombia en 1863, los gobernantes de los estados recibieron el título de presidentes. De 1863 a 1866 se sucedieron veintiséis presidentes al frente del Estado y sólo cuatro completaron su periodo. Con la Carta Constitucional de 1886 volvió el centralismo y los estados se convirtieron en provincias de Colombia. En 1878, el gobierno colombiano firmó un contrato con el ingeniero Lucien-Napoleón Bonaparte, sobrino nieto del célebre “emperador de Europa”, quién finalmente traspasó la concesión a la Compañía Universal del Canal Interoceánico, presidida por Ferdinand Marie de Lesseps.
En 1880 se iniciaron los trabajos pero, una década más tarde, las irregularidades administrativas y la fiebre amarilla que diezmó a los obreros, condujeron a la quiebra de la empresa en medio de un escándalo internacional. Lesseps y su hijo Charles fueron condenados a prisión por malversación de fondos. La sentencia no se ejecutó y terminaron pagando una multa.
Con apenas 33 kilómetros construidos y sin capital para proseguir la obra, se ofrecieron los derechos a Estados Unidos de América.
Después de largas negociaciones, se firmó en Washington el tratado Hay-Herrán en enero de 1903, que en el mes de junio fue rechazado por el congreso de Bogotá.
Ante la negativa del Congreso, se formó un grupo encabezada por José Agustín Arango para estudiar, planear y llevar a acabo “una Revolución”, que tenía como fin la separación del territorio istmeño de la soberanía colombiana y negociar directamente con los Estados Unidos la construcción del canal. El doctor Manuel Amador Guerrero viajó a los Estados Unidos y regresó al istmo con “seguridades de que aquel país intervendría en favor de la Revolución”.
Theodore Roosevelt, presidente de los Estados Unidos, decía que “la guerra purifica el alma y mejora la raza”, y como era un hombre de esos que hacen lo que piensan, envió “unos cuantos marines a concretar la independencia de Panamá”. En 1912, ya premio Nobel de la Paz, recordaba en voz alta “como había inventado a Panamá: I took the Canal”.
Proclamada la independencia de Panamá el 3 de noviembre de 1903, varias unidades navales de los Estados Unidos impidieron, por órdenes del presidente Roosevelt, el desembarco de tropas colombianas en Panamá y Colón. Los estadounidenses reconocieron de inmediato a la nueva Nación.
Manuel Amador, ya presidente de Panamá, desfiló entre banderas estadounidenses mientras era llevado en hombros por las calles.
El 18 de noviembre de 1903 se firmó el tratado Hay-Bunau-Varilla en la Casa Blanca, por el cuál Panamá cedió un millón cuatrocientos mil kilómetros cuadrados de su territorio y la administración del canal (a perpetuidad) para los Estados Unidos. En representación de la república recién formada estuvo Philippe Bunau-Varrilla, un ciudadano francés.

La metafora incesante
Según las autoridades, el Canal regresará a dominios de Panamá antes del año 2000.
Galeano está convencido de que “la historia es una metáfora incesante”. Tal vez por eso Neruda se quemaba las pestañas buscando las metáforas más bellas que le pusieran a uno “la carne de gallina” y arrancaran suspiros “más largos que un tren de carga”.
En la escuela nos enseñan a aceptar la historia como se muestra en los libros; cuestionarla es casi un crimen. Pero ahora hay una historia que no sólo se pone en duda, sino que se reescribe. La gente ha empezado a reconstruirla, la asume y defiende con lo único que tiene: su dignidad. Y es esta actitud, esta resistencia la que genera libros como éste: escritos por diversas voces que exigen su derecho de que se tome en cuenta su versión de la historia. Además de la crónica a voces, éste es un libro de imágenes, de relatos que se ven, de fragmentos. Una historia fragmentada en muchas historias, mas no por ello dividida.
Las imágenes también se leen y las anécdotas aparecen como pequeños cortes cinematográficos que se van intercalando con las memorias de otros sin perder su identidad propia.
Es un libro de muchos, un libro para recordar porque la historia es eso, recordar detalles, fragmentos, palabras...
Mientras tanto, a la orilla del mar, las mujeres arrojan flores en recuerdo de sus muertos y parece que el único testigo permanente es esa estatua de Morelos que, como convidado de piedra ve pasar los días y sus noches y sus personas como si nada hubiera pasado, con la mirada en la mar.
“El cambio se quería, sí, pero no de esa forma.”
“Si Noriega era el objetivo y sabían que en ese lugar no estaba, ¿porque destruyeron (el barrio) El Chorrillo? Ahora sabemos que lo quieren convertir en área turística, en área de inversiones extranjeras.”
“No vamos a descansar hasta saber en dónde están las fosas comunes, esas bolsas que parecen de basura en las que sepultaron a nuestros muertos sin cristiana sepultura”.
“Ahora... ahora no tengo palabras para expresar lo que siento...”


Agosto 1997

Wednesday, July 25, 2007

Una sombra que pasa (Fragmento)


Una sombra que pasa.
Jaime Turrent.
DEBATE
2002.


... abrí la puerta. Unos segundos antes todavía nos estábamos riendo en el alfombrado pasillo solitario mientras metía la llave en la cerradura. Y al cerrar nuestras risas se habían quedado atrapadas quebrando el silencio oscuro de la habitación y contagiándonos de eufórica alegría aunque los dos estábamos ya muy serios viéndonos atentamente a los ojos separados por el furioso oleaje inalterable de la cama revuelta. Con los brazos cruzados sobre el estómago era una alegórica frágil criatura cubierta de fresca lluvia nocturna. Creí que temblaba. El pelo cayó inesperadamente sobre la cara con un ligero e involuntario estremecimiento de todo el cuerpo. Quise estar junto a ella. Abrazarla. Y protegerla y elevarla sutilmente con el calor de mi cuerpo. Pero no me moví. Nos mirábamos. Sus enormes ojos indulgentes al deseo me veían pensativos como si estuviera viendo con atención las ensimismadas espirales de las llamas en una enorme chimenea con el reflejo del fuego germinando en sus ojos. La débil vibración de nuestras risas se evaporó en el aire pesado e inquieto por el insomnio de la noche anterior. Se hizo alrededor un silencio monolítico que sus ojos miraron y palparon. Un silencio sin rendijas. Sólo los ojos abiertos al silencio. Los obsesivos ojos que luego se transformarían en una carcelarla ciudad amurallada. Sin ir ni ver más allá. Cuando su mirada destructora se paseaba por los laberínticos y sucios corredores de la casa enojada alegre melancólica o altiva. 0 cuando la solitaria casa en ruinas invadida por la maleza parecía desplomarse de angustia crujiendo hasta los cimientos por la ausencia de su mirada impaciente y serena. En una rápida sucesión de retrospectivas imágenes superpuestas a la de ese momento recorrí la historia iconográfica de su rostro calladamente idolatrado. En la sala de la casa de su mamá. Y ahí. En el departamento vacío del edificio enríquez. Y ahí. Bajando las escaleras de la catedral. Y ahí. En lucio durante el mitin. Y ahí. La sombra que se alejaba dentro del coche. Y ahí. En la esquina de zaragoza y primo verdad hablando por el celular. Y ahí. Cuando me preguntó por mi mamá. Y ahí. Las duras facciones angulosas cuando me abofeteó en el restaurant japonés. Y ahí. Su entrada al restaurant del hotel esa misma mañana caminando lentamente sin verme a los ojos mientras yo la esperaba sentado en la mesa con la carta en las manos viendo hacia la puerta. Y ahí. Riéndose alegremente mientras le contaba las reacciones de los otros clientes del restaurant japonés mientras ella se alejaba muy enojada arrastrando la bolsa hasta desaparecer. Y ahí. Compasiva y valiente sin rencor en la mirada sensual. Alentadora y prometedora como un oráculo profano. Montaje vertiginoso que hizo surgir mi antigua pasión olvidada por su joven y atractivo cuerpo. Ignorar las indelebles transformaciones de su rostro. Y fijar para siempre sus ojos de siempre en mi memoria como el sorpresivo nacimiento de un volcán con cráteres gemelos en el pantano. Siempre sus ojos. Inicio agobiante devastador e indestructible del amor por su cuerpo y por su sexo. Como el fogonazo de dos cañones en medio del humo. Ojos del futuro sin futura mirada. Una sombra efímera como una afilada nube negra cruzando velozmente por la luna nubló mis ojos aclarando su ardiente mirada. El amor. Pensé. Un pensamiento demasiado rápido como para que tuviese tiempo de pensarlo. Y desde entonces por no pensarlo aprendí a pensar por la piel. Aprendí a pensar y a conocer a través de su piel. Cuando todavía era capaz de aprender porque ahora ya no puedo aprender ni enseñar nada a nadie. Ya no sé nada, Después de ella ya no sé nada. Y para siempre me convertí afanosamente en una sombra más de las muchas sombras de su existencia. Una sombra decolorada y andrajosa. Pero también las sombras nacen de la luz. Así como lucifer era un ángel. Yo soy otro ángel perdido buscando el infierno en un camino muy estrecho muy largo y muy recto con la muerte impasible asomando a los lados y sus ojos en el horizonte sin perspectiva como una podrida tabla de salvación en el naufragio. Como un revólver para el suicida... ¿Mehmet alí agca? ¿Sí? Claro que sí. Así se llama. Es verdaderamente increíble que me haya acordado de pronto. Sin pensar en eso siquiera. Mehmet. Sí mehmet. Mehmet alí agca. Increíble. ¿No? Pero cómo se llama el otro cerdo? No. No puedo acordarme. Quizás porque no quiero acordarme. Esto fue totalmente espontáneo. Un chispazo. Un soplo de la memoria. Un soplo al corazón. ¿Pero cómo se llama el otro? El corazón es un cazador solitario. Es inútil ahora no puedo acordarme. Death is what happens to you while you're busy making other plans. No quiero acordarme. Y es mejor. Ahora sólo quiero recordar sus ojos. Sus ojos para los míos. Sus ojos al frente en el cuarto calcinado por el incendio silencioso de su mirada en llamas. Lento fuego negro que todo lo consume entre llamas imperecederas que se desparraman violentas y desaparecen. Sus ojos... Sonrió. Levemente. Inesperadamente. Sorpresivamente. Sonrió... Con una sonrisa púdicamente escandalosa y decididamente pasiva en la quietud y la penumbra del cuarto de hotel vuelto a ser cuarto de hotel en una mañana soleada con la cama oscura a la deriva e imprecisas huellas en el aire de un insomnio apresurado por amanecer. Indescifrable. No hay noche por larga que sea que no encuentre al fin otra noche más oscura. Así dure ocho meses. Eterna noche. Otra caída más. Otro escalón abajo en el largo descenso a la soledad. Tiempo que se prolonga inútilmente y se repite eternamente como un invisible fantasma repite ante el espejo un gesto mal aprendido de su vida terrenal. Pero tiempo con memoria. Dolorosa memoria de unos ojos lejanos y una volátil sonrisa indescifrable. Maravillosa. Irrepetible pero siempre repetida extraña sonrisa. Y sin dejar de verme con esa sutil expresión enigmática labrada por el mineral deseo en el rostro de todos los rostros que al moverse se esfumaba paulatinamente quitándose la ropa y esparciéndola por todos lados abrió las cortinas. El cielo estalló dentro del cuarto en azules profundidades y la luz penetró súbita y abrumadora con voluptuosa claridad inusitada y exuberante. Y si su oscuro cuerpo desnudo de fuertes muslos que al ponerse de perfil para abrir las cortinas en la penumbra de nalgas redondas me había impresionado de anchas caderas me parecía ahora fascinante de pechos erectos iluminado a contra luz con vientre ligeramente abultado y suave en el recuadro de la ventana y muchos excitantes y largos pelos negros en su sexo invadiendo la entrepierna con un aspecto salvaje y seductoramente anárquico y una delgada hilera de pelos muy juntos desde el ombligo que desembocaba en la negra y densa esponja marina de su sexo creciendo en el camino como una ligera caída de agua que se ensancha en espuma por el aire y a un lado de su cara espectral y oscura el cegador cielo desbordándose azul al infinito. Y aturdidos de luz y de azul deseo retomamos como una obligación ineludible el ardiente y unificador diálogo de los ojos fijos como un antiguo juego de niños. Sin reírnos salvamos la entorpecedora montaña de cobertores y las sábanas y almohadas como piedras en el río sobre la cama y arrodillados nos encontramos a medio camino en un prolongado beso. Y caímos luego abrazados rebotando sobre el colchón sin dejar de besarnos y de mirarnos. Pero yo estaba vestido todavía aunque me sintiera tan desnudo como ella. Tuve que levantarme de un salto y arrancarme la ropa rápida y dificultosamente por la firme erección de la que me di cuenta hasta el momento de quitarme los calzoncillos al mismo tiempo que los pantalones. Ella se deslizó de espaldas sobre el colchón hasta alcanzar una de las almohadas que colocó en forma vertical para apoyar la cabeza. Prendí todas las luces del cuarto porque la enorme cantidad de luz que entraba por la ventana en forma lateral creaba algunas zonas de sombra en su cuerpo. Incluida la del baño. Ella dobló las piernas con las plantas de los pies sobre el colchón. Y yo me quedé quieto viéndola. Abrió las piernas. Su sexo brotó espeso y negro en la luz de su clara piel morena como una bella mancha de tinta negra escurre sobre el blanco papel. Al fondo se confundía con el pelo de su cabeza del que sobresalían los ojos enormes y codiciosos como si espiaran un arcoiris a través de una selva negra viéndome obsesivamente fijos en los míos. Ábretelo le dije de repente todavía no sé por qué. Sus delgadas manos aparecieron rodeando las nalgas lentamente y dos largos dedos de cada mano abrieron los labios de su sexo con la emoción compartida con que se espera que se abra el telón de un espectáculo siempre ignorado. Nunca antes imaginado siquiera. Y su vagina abierta como una solitaria oval estrella roja brillando enorme en la materia oscura del universo apareció ante mis ojos quietos y admirados de tanto ver y de tanto admirarse inexplicablemente. Pasé mucho mucho tiempo confundido y extraviado entre sus obsesivos ojos y su obsesionante vagina abierta como una veleta impulsada por un furioso viento rojo. Una herida que tocar. Poderosa atracción de fatal roja luz encandiladora. Como un fugitivo grito desesperado busca su eco desesperadamente quise acercarme. Poner el dedo en la llaga sangrante y lanzarme a la aventura: dejarme llevar cuerpo adentro por las impetuosas corrientes de un caudaloso río nocturno de sombras embalsamadas. Perder el alma en esa fuente de la eterna e insaciable sexualidad. Pero antes de que pudiera reaccionar ella se levantó de la cama. Me espantó. Su cara azotada por la luz con el negro pelo revuelto en el aire cruzó con decisión la ventana. Creí que iba a golpearme. Otra vez. Dio tres o cuatro pasos retumbantes apoyando los talones en la alfombra. 0 va al baño. Pero cuando estuvo frente a mí se derrumbó con la lenta suavidad de una hoja marchita en el aire húmedo pesado e inerte de un bosque al que nunca llegan los rayos del sol hasta quedar sentada en la alfombra cercenada de la cadera para abajo. Pensé que sus nalgas y su sexo y sus largas piernas asomaban suspendidas y rígidas por el techo del cuarto de abajo para sorpresa y azoro de sus ocupantes. Viéndome a los ojos. Con furiosa ternura abrió la boca y me enseño la larga y sinuosa lengua. La boca muy abierta. Temibles dientes muy blancos. La saliva espumosa escurría pesada y excitante hasta el cuello. Succionaba. Sin dejar de verme. Su quemante lengua aprisionada... Revoloteaba inquieta. Sentí la desagradable sensación del semen agolparse incontenible. No. No puedo venirme ahora. No quiero. No. Todo acabaría. Había leído que se podía contener la eyaculación respirando profundamente. Quiero aguantar. Puse las manos sobre su pelo con ganas de retirarla. Eché la cabeza hacia atrás respirando con fuerza. Quiero verla. Quiero gozar con su cuerpo. Morder sus pezones con fuerza. Sus nalgas. Ondulantes movimientos de cadera sobre mi sexo infatigable y erecto. El negro pelo revuelto en el resplandeciente azul. Verla besarla acariciarla. Sus nalgas pesadas y redondas retumbando una y otra y otra y otra vez llenándose de luz y de sombras. El pelo sobre la nuca moviéndose rítmicamente en el aire al echarse para atrás. No. No. Acariciar su iluminado torso como de bronce antiguo por el golpe de la luz. Lamer sus senos que brincan alegremente a cada golpe de cadera. Las mandíbulas flojas y los rojos labios colgantes a punto de abrirse y ocultarse. No. Sus labios y su vagina. Tengo que so¬portar la excitación. El negro pelo revuelto ocultándola y enmascarándola al revolverse sobre mí pesadamente y gritar gritar triunfante en el aire renovado con su olor a orgasmo. Ella retiró la boca lentamente echando la cabeza hacia atrás apretando los labios. Su lengua era ahora un poco más tibia. Se retiró. Deteniéndose. Mordiendo. De abajo hacía arriba. Sorbiendo. Chupando. Lamiendo. Y volviendo a empezar lentamente. Muy lentamente. Con los ojos cerrados. Le levanté el labio superior y se la froté en la encía. De un lado a otro. Recorriendo el semicírculo carnoso una y otra vez. Ya no tenía ganas de venirme. Se levantó. Nos vimos fijamente. Ahora veía también la mirada de sus ojos. Y un secreto inexistente muy bien guardado se revelaba en nuestra mirada. No los ojos. Sino lo que miran los ojos cuando ven fijamente a otros ojos que los ven fijamente. Algo más allá de la vista y la mirada. Algo que se inventa en ese instante y se destruye y se reconstruye cuando dos cuerpos desnudos se miran en la mirada y se reconocen como cuerpos largamente deseados y próximos que temblando de emoción por el inefable misterio cómplice con incredulidad se tocan para comprobar palpablemente que hay, carne y deseo en la mirada. Que no es un espejismo lo que miran y es mirado por la mirada. Que lo que tocan y es tocado es real y carnal. Ciegos de tanto mirar es necesario el olor y el tacto para reconocerse. La piel y el inconfundible olor del sexo de la mujer amada son las huellas digitales del amor. Una noche... Al amanecer. Se irguió en la cama encogiendo las piernas rodeadas por los brazos y viendo al frente la blanca oscuridad de la pared apenas visible dijo con exagerado dramatismo. Allá no sé si nos miramos para coger o cojemos para mirarnos. Yo le respondí sin moverme viendo el desnudo bulto oscuro de su arqueada espalda entre las sábanas y las sombras. Creo que hacemos el amor para mirarnos y nos mi ramos para volver a hacer el amor. No cojemos. Hacemos el amor. Ella se quedó un rato pensativa sin moverse y sin hablar. Luego en el mismo tono. Con muchas pausas. Como si hubiera arrastrado ese pensamiento sin expresarse desde el fondo de la historia. Y luego lo hubiese ensayado muchas veces esperando el momento oportuno. Como una actriz experimentada de voz grave y resonante que recita sus parlamentos haciendo vibrar las palabras en la expectante oscuridad y el tenso silencio dijo. Colemos. Y no te soporto más. Te llevo dentro de mí a todos lados en la mirada. A todos lados. Vaya donde vaya y esté donde esté apareces tú. Te das cuenta lo que eso significa. No te puedo bo¬rrar aunque quisiera. Donde pongo los ojos ahí estás tú. Tú. Tú. Tú. Estás ahogando mi verdadero yo. Me asfixias vitalmente. Te has enconado en mí. Me reprimes. Y eso ya no me está gustando. Me desespera. Es insoportable. Intolerable. Intolerable. Los dos nos quedamos callados. Inmóviles en la desnudez de nuestros agotados cuerpos separados por el silencio. No muy lejos un perro le ladraba a la noche y un gallo le cantaba al día. Pensé acertadamente que su conducta iba a cambiar. Se echó hacia atrás para caer otra vez sobre la almohada. Y abrazándome amorosamente. Sudorosa ronroneante y sonriente. Se quedó dormida y empezó a roncar...

Monday, July 16, 2007

Aquellos tiempos en que la música venía en discos de vinyl.

¡Qué maravillosa colección de música! Una colección de música en el ahora legendario soporte del disco de vinyl.
¡Qué tiempos aquellos en que no existían las estaciones de radio por Internet, ni el tan popular formato MP3!

Friday, July 06, 2007

7 wonders blogosfera


7 wonders blogosfera
Originally uploaded by btorillo
Pues yo no sé si esto entra a tiempo o no, pero quiero votar por mis siet blogs favoritos. Al principio quiero agradecer a mi gran amigo Blas Torillo, por haber votado por el mío. Así que es es a él por quien votaré en primer lugar:

Así voto por Blas en: http://pens-ando.blogspot.com/

Después voto por mi amada Marilui en: http://lalectoradenovelasdeamor.blogspot.com

Después por mi cuate Enrico, y su estupendo fotoblog: http://enriqueescalona.blogspot.com

En cuarto lugar lo hago por el blog de mi amigo Marco: http://marcobloggeado.blogspot.com/

En quinto por el inteligente e irreverente Mariano y su bitácora del viajero estelarl: http://a2l.blogspot.com/

En sexto por los sueños de Perséfone: http://angeles-demonios.blogspot.com/

Y finalmente, pero no menos importante por el de Recomenzar: http://recomenzar.blogspot.com/